El cielo nublado anunciaba la proximidad de una tormenta. Los pobladores quienes por la costumbre conocían bien los fenómenos de la estación, no se apresuraron el terminar sus labores. Un hombre de aspecto recto y venerable observaba desde lo alto de un edificio las labores de la gente. Llegado desde tierras muy lejanas al norte, siempre se maravillaba del trabajo que allí realizaban. La ciudad, mejor conocida como Catal Huyuk, era la más rica de toda la región en obsidiana, materia prima que los habia convertido en una fructífera y floreciente industria. Visitantes de muchos lugares venían con el único objetivo de comerciar, pero quedaban maravillados de aquella sociedad.
En poco más de un siglo la ciudad se habia transformado en un foco importante de la región a su alrededor sólo se situaban pequeñas tribus nómadas, sin embargo en la zona de Küçükkoy ya afloraba otra ciudad sedentaria.
En el centro había una gran estatua que representaba a una Venus prehistórica.
Cuando las primeras gotas de lluvia empezaron a tocar tierra, una mujer elegantemente vestida, empezó a recorrer las calles gritando que ya era tiempo de resguardarse de la tempestad. Cuando se cercioró que todos estaban dentro de sus casas, ella misma cogió una escalera y empezó a ascender por el muro de un edificio sin puertas ni ventanas, llegó a la cima donde había una puerta en el suelo y volvió a recorrer el camino de descenso hacia su interior.
Dentro la esperaban un pequeño grupo de personas, su esposo, su consejera y un par de soldados de alto rango. Relegado a un lado estaba el nombre de aspecto recto. Los nombres de esta gente eran respectivamente: Oumggae, Sparda, Attis, Mun, Silvinel y Stimmel.
Cuando se hubo sentado al lado de su esposo, en una silla alta, hizo un gesto para que hablaran.
Silvinel fue el primero que tomó la palabra, en un tono que dejaba traslucir un respeto y una confianza consolidada por los años:
- Disculpe matriarca, pero hoy debía de celebrarse la fiesta de la felación…
Omega le dirigió una sonrisa que a pesar de los años conservaba la candidez de sus años mozos y la sabiduría de la vejez.
- Lo sé, mi buen Silvinel, lo sé. Falta mucho para que el día culmine, mas no podemos hacer nada ante la furia de los vientos.
- Pero matriarca, usted sabe bien que sí podemos hacer algo…
- Como te atreves a dirigirte así a la matriarca- interrumpió Attis.
Attis habia llegado después de 12 años de ausencia y no conocía a Silvinis ni Mun. Era estricta e inteligente. Con unos ojos azules que parecían atravesar hasta las paredes. Silver bajó la mirada y espero que la Matriarca le permitiera seguir hablando.
martes, 27 de octubre de 2009
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


